TIEMPO EN ALTO PARANÁ

Inseguridad y corrupción policial, otra lacra que este gobierno no pudo combatir

Definitivamente, el gobierno del presidente Mario Abdo “hace agua por todos lados”. El capitán Julio Mazzoleni ya abandonó el barco, por presiones de la ciudadanía. También saltaron Petta, la ministra de la mujer y Villamayor, uno de los “consejeros” más cercanos al presidente. Y un tiempo atrás, ya había sido cambiado el verborrágico Euclides Acevedo del Ministerio del Interior, por Arnaldo Giuzzio. Si bien la incompetencia del actual gobierno está presente en todos los ministerios, sin excepciones, hay que remarcar el aspecto de la seguridad pública, muy perjudicada por la acción de los famosos “polibandis”.

No hay nada peor para un país que sospechar de que todos los policías tienen las manos sucias por culpa de unos cuantos –ya descubiertos o no– que han traicionado a la institución en la que prestan servicios. Si no se puede confiar en la fuerza constitucional que tiene que defender a las personas y sus bienes, la población se encuentra en estado de indefensión.

Las denuncias ante la Fiscalía y la separación de sus cargos de los que podrían estar implicados en actos de delincuencia son apenas un paliativo circunstancial para evitar la censura pública, ya que no apuntan a soluciones de fondo que permitan depurar la institución policial.

Indudablemente, la Policía Nacional paraguaya está carcomida por la corrupción. Pese a que cada nuevo presidente, ministro del Interior y comandante prometen depurarla, al final solo se reacomodan ciertas piezas del perverso engranaje al servicio de la voracidad de los delincuentes policiales. Existen, desde luego, agentes que honran su uniforme, pero la institución lleva la impronta de los bandidos porque el Ministerio del Interior, del que depende, nunca se ha ocupado seriamente de controlarla.

De hecho, el Poder Ejecutivo ignora lo que allí se hace o se deja de hacer y solo actúa, en el mejor de los casos, cuando la prensa devela algún nuevo escándalo. Pedro Juan Caballero y Ciudad del Este –centros de operaciones predilectos de los policías corruptos– son tan solo las manifestaciones más flagrantes de un fenómeno que abarca todo el territorio nacional.

Los derechos y la seguridad de las personas no estarán debidamente precautelados mientras la Policía Nacional siga contaminada por los malvivientes de uniforme. El problema principal no es que haya policías corruptos, el problema es la terrible impunidad que reina en aquella institución, porque los principales jefes son los primeros mafiosos, que encabezan los esquemas de recaudación.

Mientras siga esta terrible impunidad y hasta que los máximos jefes no sean investigados, seguiremos teniendo una policía corrupta, que puede negociar con los delincuentes la seguridad de toda una población. Si no hay investigación seria y profunda de todos los casos y castigo a los responsables, seguiremos siempre saltando de escándalo en escándalo.

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